Once trienios de vida y verdad
No son iguales todos los días que pasan, y menos los que -como vividos-, apretamos en los ojos cerrando fuertemente los párpados. Y pasan años de los que no hablamos, cuando hay días que se repiten una y otra vez en nuestros recuerdos.
Toda una maravillosa paradoja de crecer para rejuvenecer, de volver a la vida en cada palabra, en una operación de absurda lógica que es la conversación perfecta entre el sentimiento y esa imagen que grabas a fuego en tu interior. Como si de una foto se tratara, no pasa el tiempo por las verdades pero sí las fechas de calendario, ese magnífico impostor que dejó al almanaque fuera de lugar en la oficina.
Ahora que tras once trienios puedo mirarte a los ojos, recuerdo que tan sólo hace año y medio que volví a sentir la felicidad y la ilusión que, en un momento efímero, me susurró al oído tu eternidad. Desde aquel segundo no cambia la hora en los relojes, para que sigas siendo -en ese instante- mi hada de la ilusión.
No sé si llevamos otro año juntos o nos resta uno menos para vivir juntos en el más allá, pero ahora todo tiene sentido.
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